Introducción
A partir de un método comparativo histórico, basado en algunos textos seminales de Hobsbawn (ver también 2007), Lenin (2016), Rosa Luxemburgo (2003), Harvey (2004), (Foucault, 2007), (Polanyi Levitt, 2018), Vázquez Rojo (2022) y autores marxistas y del campo heterodoxo, intentamos dar una caracterización del momento que vive el capitalismo mundial, así como comparar los periodos del imperialismo de fines del siglo XIX y principios del siglo XX, con la situación mundial después de la caída del Muro de Berlín y la configuración de la economía capitalista contemporánea, particularmente después del ascenso de China Popular como una potencia regional (Anguiano Rock, 2008) en el Oriente Lejano (Vázquez Rojo, 2022). Tal comparación nos deja ver enormes semejanzas y algunas diferencias que, organizadas y clasificadas, nos permiten percibir amenazas al contexto de enfrentamiento entre potencias mundiales y bloques de poder en un mundo capitalista multipolar que crecientemente se va configurando en diferentes espacios diplomáticos, militares, económicos y en general, geopolíticos
A fines del siglo XIX y principios del XX algunas potencias capitalistas escenificaron el inicio de un enfrentamiento en distintos planos: económico (comercial, monetario, financiero e industrial), geopolítico y tecnológico que desembocó en dos guerras mundiales. De acuerdo a Harvey (2004) una diferencia esencial entre ambos periodos es lo que él llama el imperialismo territorial de fines del siglo XIX, que enmarcó la declinación del Reino Unido como potencia hegemónica (Hobsbawn, 2007) y el surgimiento del imperialismo como etapa particular del capitalismo (Hilferding, 1971; Lenin, 2016; Luxemburg, 2003), caracterizado por una creciente exportación de capitales y la política colonial de reparto territorial del mundo. Esta versión de imperialismo es la que destacaron autores como Lenin, Luxemburg, Hilferding que, desde la perspectiva de Harvey (2004), se diferencia de la hegemonía norteamericana posterior a la Segunda Guerra Mundial (IIGM) que estuvo basada en una especie de imperialismo bajo premisas gramscianas de coerción y consenso. Según Harvey (2004) esto dio paso a una especie de imperialismo informal que se diferenció de la hegemonía británica basada en el control directo de territorios y en una política de expansión militar-geográfica en donde la alianza Estado-Nación-Capital-Financiero era esencial. Gluj (2020) ha intentado una clasificación de las posturas que autores marxistas y heterodoxos han propuesto para comprender la naturaleza del nuevo momento que se vive, lo que ayuda a la hora de organizar el debate; sin embargo, escasamente considera los hechos que constituyen definitivamente un momento histórico peculiar debido a la disputa entre dos bloques o alianzas que en los últimos años han escenificado un enfrentamiento económico (en varios sentidos), geopolítico y diplomático entre los EE.UU., y sus aliados y un bloque emergente encabezado por China y Rusia. Este tema podría replantear los viejos debates sobre el imperialismo en los aspectos señalados por este autor: los criterios de periodización del capitalismo/imperialismo; la vigencia o no del imperialismo; la trasformación de la burguesía y la rivalidad intercapitalista.
Entre los rasgos del nuevo imperialismo norteamericano de la segunda mitad del siglo XX está el de favorecer la acumulación de capital2, entendiendo ésta como expansión de la inversión y reinversión de ganancias, en el contexto de políticas de mercado en donde los precios tuvieran un marco institucional adecuado para su operación. Es decir, en la argumentación de Harvey (2004; ver pp. 83 et passim) la versión imperialista norteamericana se basó en desmontar la estructura colonial de la preguerra y alimentar una dominación basada en el desarrollismo:
En el «mundo libre» Estados Unidos se esforzó por reconstruir un orden internacional abierto al comercio, al desarrollo económico y a la rápida acumulación de capital. Esto requería el desmantelamiento de los antiguos imperios basados en el Estado-nación. La descolonización exigía la formación de Estados y el autogobierno en todo el planeta. Estados Unidos tomó como modelo para sus relaciones con esos nuevos Estados independientes su larga experiencia en el trato con las repúblicas independientes de América Latina. (Harvey, 2004, p. 57)
A partir de 1970 se desarrollará la siguiente vertiente del imperialismo basado en el neoliberalismo y sus políticas características: privatizaciones, desregulación, apertura comercial, libre movilidad de capitales, etcétera (ver Polanyi Levitt, 2018). Estos aspectos que se circunscriben en una nueva forma de liberalismo conocida como neoliberalismo, son rasgos que acompañan a esta forma de capitalismo en el que la competencia será el eje que da identidad a la organización Estado-economía (Foucault, 2007; Polanyi Levitt, 2018).
Esta particularidad del imperialismo norteamericano ha dado pie al desarrollo de una creciente competencia en ciertas industrias y regiones del globo. Entre ellas el desarrollo de rivalidades regionales, particularmente la de China y sus nuevos aliados. El objetivo del artículo es comparar el escenario de fines del siglo XIX y principios del XX para identificar algunos rasgos de tal periodo. Al mismo tiempo, comparativamente, identificar similitudes y diferencias con respecto al actual momento.
Las principales conclusiones a las que se arriba en este análisis comparativo son las grandes similitudes que existen derivadas de la rivalidad que surge entre las nuevas potencias económicas con Estados Unidos, lo cual constituye un riesgo para la paz mundial, tomando como criterio lo sucedido durante la primera mitad del siglo XX, hasta la eventual instalación de la hegemonía estadounidense en 1945, y la firma de los acuerdos de Bretton Woods (ver también Polanyi Levitt, 2018).
Igualmente, y esta es nuestra hipótesis de trabajo, se pueden encontrar diferencias que permiten considerar la posibilidad de que la formación de un mundo multipolar dará pie a una lucha en que la institucionalidad puede jugar un papel de mayor relevancia del que se antecedió al periodo de las dos grandes conflagraciones del siglo XX.
El siguiente apartado trata de las características del periodo posterior a 1870 en que tomó forma la rivalidad entre potencias imperialistas en el mundo.
El contexto histórico de fines del siglo XIX y las condiciones que dieron pie al enfrentamiento bélico de la primera mitad del siglo XX
La crisis de la década 1870 es señalada por la mayoría de los historiadores (ver Eric Hobsbawn, 2007) como el inicio del proceso que condujo a la formación de grandes monopolios en las principales potencias de la época: Gran Bretaña, el Imperio Turco, Estados Unidos, Alemania y Francia principalmente. En otros países como Japón e Italia, o Rusia y el Imperio Austrohúngaro los procesos de integración nacional apenas estaban en proceso de desarrollo y será hasta principios del siglo XX que el desarrollo de éstos influirá en la geopolítica mundial a partir de las políticas de alianzas.
El hecho a destacar en tal contexto mundial es la desintegración de los viejos imperios, como el de Turquía y China (Frenke & Trauzettel, 2006; Harvey, 2004; Martínez-Robles et al., 2013), y el ascenso de poderes regionales y mundiales. Durante la primera mitad del siglo XIX la Revolución industrial había permitido a Inglaterra transformarse en la fábrica del mundo y con el desarrollo de nuevos inventos y la configuración de su mercado nacional, había pasado a ser la primera nación urbanizada del planeta (Hobsbawn, 1997; E. Hobsbawn, 2007). Tal proceso llevó rápidamente a Inglaterra a proclamar, junto con el liberalismo (económico y político) como la bandera ideológica del mundo, una primera división internacional del trabajo en donde este país exportaba productos industriales a cambio de importar materias primas y bienes-salario baratos del resto del mundo (Hobsbawn, 2007). Esta división del trabajo le permitió a Inglaterra obtener enormes ganancias por la promoción del libre cambio, de manera pacífica o de manera violenta, y generó por primera vez un mercado mundial de productos agrícolas y materias primas para la industria capitalista en desarrollo. Tal y como señala Harvey (2004) esto se hizo en el marco de una expansión territorial directa de los Estados-nación imperialistas. Para 1870 la política colonial y la exportación de capitales se convierten en un nuevo fenómeno que alimenta la creciente concentración y centralización de capitales, que junto con el creciente poder de la banca formará la nueva base industrial basada en el monopolio financiero (Hilferding, 1971; Lenin, 2016; Luxemburg, 2003; Mandel, 1972).
Los grandes monopolios financieros que nacieron de la fusión de los monopolios industriales, junto con la banca, presionarán a sus gobiernos para garantizar políticas que aseguren su crecimiento al interior de sus naciones, a la par que promueven una abierta política colonial en el exterior. Nace así, principalmente en Estados Unidos y en Alemania, la política de protección comercial que será un rasgo peculiar que les permitirá a estas naciones crecer rápidamente a base de defender sus mercados de la competencia extranjera británica, en particular (Polanyi Levitt, 2018).
Después de la crisis estructural de los setenta (siglo XIX) la economía mundial iniciará un periodo de crecientes disputas comerciales, monetarias y geopolíticas que conducirán poco a poco a guerras regionales. En juego está también el reacomodo de países que emergen y países que sufren las presiones para su desintegración; de entre ellos destacan la India, China, el Imperio Turco y España.
A cambio están las potencias regionales emergentes, particularmente Estados Unidos, Japón y Alemania que ya hacia principios del siglo XX se han convertido en potencias regionales que buscan ampliar su zona de influencia a veces de manera violenta (el caso de Cuba y Las Filipinas, son casos en que Estados Unidos interviene directamente, pero antes la llegada de Perry a Japón a mediados del siglo XIX, también).
La política colonial será un rasgo del periodo, cuyas manifestaciones son el reparto de grandes porciones del planeta entre las principales potencias emergentes, en tanto que Inglaterra consolida su estatuto de potencia hegemónica.
Un aspecto característico del periodo es el hecho de que para Inglaterra la promoción del libre cambio es la base de su política comercial. En tanto que Estados Unidos y Alemania encontrarán en el proteccionismo comercial un apoyo a la consolidación de su poder económico regional.
Unido a esta presencia hegemónica inglesa, la libra esterlina y el patrón oro darán a este país un papel central en la configuración comercial del mundo (Hobsbawn, 2007), dada su presencia en el comercio industrial y en las importaciones de materias primas y productos rurales. Hasta la Primera Guerra Mundial (IGM), el patrón oro y la libra serán la base de la estabilidad monetaria internacional. Después, la guerra modificará esto hasta su restablecimiento parcial durante el periodo de entreguerras y será sustituida finalmente por los acuerdos de Bretton Woods que sancionarán definitivamente la hegemonía monetaria, industrial, financiera y comercial de los Estados Unidos.
A la creciente influencia de las potencias regionales (como Estados Unidos y Alemania) y su rivalidad con Gran Bretaña, está asociada una política de alianzas geopolíticas que son la base de la dinámica diplomática y militar en el mundo.
Otro rasgo del periodo, por lo tanto, es la guerra comercial, basada en el liberalismo en el caso inglés y por la política proteccionista de varias de las naciones emergentes (Hobsbawn, 2007). La manera de protegerse de la competencia internacional y permitir un rápido proceso de industrialización se basó precisamente en la imposición de medidas proteccionistas, a través de aranceles que protegían los mercados internos. En el caso del Japón, el proceso de industrialización y la política comercial siguió otra vertiente debido a la imposición de una política comercial librecambista por las potencias occidentales (Ohno, 2006), al menos durante el siglo XIX y principios del XX (Hall, 1968). China, India y otras naciones tuvieron que ceder ante el empuje de las nuevas potencias que imponían políticas internas según sus intereses económicos y de los grupos económicos externos.
En buena medida la dinámica industrial estuvo marcada por la capacidad de las nuevas potencias imperialistas en armar y constituir ejércitos modernos con el desarrollo de nuevas armas y nuevos medios de comunicación que garantizaban la movilización rápida de enormes contingentes de soldados de una región a otra. A esto se sumó el desarrollo de la segunda Revolución industrial, basada en el motor de combustión interna, la electricidad y las nuevas telecomunicaciones que rápidamente comenzaron a generar un extenso mercado, como el teléfono, el cine, la radio y posteriormente, ya para mediados del siglo XX, la televisión (Hobsbawn, 2007).
Los ferrocarriles, las nuevas armas como la ametralladora, las nuevas armas de precisión, el avión, los barcos movidos por petróleo y en general los vehículos de combustión interna, al menos hasta la IGM constituyeron el eje tecnológico en torno al cual se pretendió fundar la supremacía militar en el orbe. Por ejemplo, el inicio de la industrialización rusa en la época zarista también está asociada a la industria militar (Gerschenkron, 1968).
Una enorme guerra tecnológica acompañó a la política interna de las naciones imperialistas y emergentes a lo largo y ancho del mundo. La carencia de instituciones internacionales de gobernanza que permitieran dirimir conflictos, la carencia de medios diplomáticos en que las naciones o los grupos de naciones pudieran plantear sus demandas y fundar una política de paz, son aspectos que promovieron el creciente carácter militar de las disputas económicas y geopolíticas del momento. Polanyi-Levitt (2018) señala que estas se desarrollarán durante el periodo de entreguerras, en el siglo XX.
En conclusión, podemos señalar que entre 1870 y 1945 el mundo se deslizó hacia un sendero conflictivo debido a los elementos que acabamos de señalar: formación de monopolios financieros, política nacionalista de respaldo a los procesos de industrialización interna, proteccionismo comercial de algunas potencias y liberalismo de Gran Bretaña y naciones afines a este país, competencia tecnológica y militar, carencia de gobernanza institucional para dirimir conflictos regionales, política colonial, así como la hegemonía financiera británica que estaba fundada en la libra esterlina y el patrón oro.
Estos son algunos de los elementos que caracterizarán el periodo que conducirá a las crisis militares entre 1914-1945.
Las guerras mundiales y la hegemonía norteamericana de posguerra. Institucionalidad y gobernanza
En el marco de las alianzas militares, la guerra geopolítica será una extensión de la política. En el curso de las dos guerras mundiales, los Estados Unidos saldrán convertidos en la gran potencia económica y militar, por lo que en el curso de los años cuarenta rápidamente logró constituir una nueva gobernanza favorable a sus intereses hegemónicos. Los acuerdos de Bretton Woods sancionaron la supremacía norteamericana en el seno de los nuevos organismos internacionales: la Organización de las Naciones Unidas (ONU), el Fondo Monetario Internacional (FMI), el Banco Mundial y lo que sería la base para la nueva política librecambista (con rasgos proteccionistas) que fue el Acuerdo General de Tarifas y Comercio (GATT) como antecedente de la Organización Mundial de Comercio (OMC) (Harvey, 2004; Tamames & Huerta, 2010).
El dólar fue elegido la única moneda de reserva con convertibilidad en oro. Así, los Estados Unidos acumularon enormes cantidades de oro en sus reservas físicas (Harvey, 2004; Tamames & Huerta, 2010). El sistema económico mundial tendió a imitar en su institucionalidad el liberalismo de estilo norteamericano y al llamado American Way of Life. La clase media norteamericana irrumpió en el mundo como el modelo social por excelencia (Zinn, 2011). Como se señaló en la introducción, la base para la acumulación de capital se sentó sobre la ampliación del modelo de dominación que los Estados Unidos había practicado en América Latina basada en la idea del consenso y la coerción, cuando se hacía necesario (Polanyi Levitt, 2018).
Los antiguos rivales anglosajones, como Alemania y Japón, se integraron rápidamente al nuevo orden e institucionalidad liderada por los Estados Unidos. Pronto se unieron a ellos otras economías emergentes: Corea del Sur, Hong Kong, Taiwán y Singapur. El bloque soviético fue visto como el enemigo principal y como la causa posible de una guerra nuclear, hasta su caída a fines de los ochenta.
El imperialismo norteamericano no tuvo la expresión del imperialismo de preguerra, basado directamente en la expansión territorial, sino en una especie de imperialismo informal, en el que se busca tener aliados, gobiernos subordinados, Estados clientelares y otra serie de acuerdos que preserven los intereses de los EE. UU. o de sus aliados (Harvey, 2004).
En la narrativa del proceso hay que considerar el surgimiento del neoliberalismo como expresión de un mundo globalizado que va dejando detrás las políticas de la economía del bienestar keynesiano. Entre 1970-1990, diversos proyectos políticos van instaurando lo que se ha dado en llamar la contrarrevolución neoliberal, un fenómeno económico-político que instaurará una política abierta de promoción del gran capital y de las inversiones privadas, como lo señalara Polanyi-Levitt:
El objetivo de la contrarrevolución neoliberal era restaurar la disciplina del capital sobre el trabajo, y los principales medios para alcanzarla fueron la desregulación, la liberalización, la privatización y los ataques explícitos contra los sindicatos. Estas políticas fueron instrumentadas exitosamente por Thatcher (1979) y Reagan (1980) en el cambio de régimen neoliberal de los años ochenta. (Polanyi Levitt, 2018, p. 267)
Así, hacia el año 2000 los Estados Unidos en la concepción de Fukuyama (1992) caminaba hacia un mundo unipolar. Entre este momento y la actualidad el mundo comenzó a cambiar rápidamente, particularmente por el crecimiento económico de China Popular (Anguiano Rock, 2008; Cornejo, 2008; Kocamaz, 2019). La aparente aceptación china de la institucionalidad occidental se coronó con su ingreso a la OMC a fines del siglo XX.
El desarrollo del capitalismo en China, un gran mercado por sí mismo, que siguió al proceso de reformas iniciadas en 1987, condujo rápidamente a este país a convertirse en un mercado en expansión (Garnaut et al., 2018). Para el tiempo en que la Gran Crisis se desenvolvió arrastrando a la economía mundial a una crisis generalizada ya China era la segunda economía del mundo, capaz de ayudar en arrastrar a la economía mundial fuera del estancamiento (Garnaut & Song, 2006). En 2015, con la llegada de Xi Jinping al poder, China, a pesar de aún contar con grandes áreas subdesarrolladas ya era una potencia regional emergente.
Otros países parecían representar un factor económico significativo, al menos en términos de fuerza de trabajo y tamaño de mercado, a parte de China: la India, Brasil y Rusia. Junto a China, estas naciones contaban con una enorme fuerza laboral, una participación relevante en el comercio y por ello en el comercio mundial.
La configuración de un mundo multipolar con el surgimiento de nuevas potencias regionales
El siglo XXI se anuncia con una nueva configuración geopolítica, con dos bloques económicos y tecnológicos rivales: Estados Unidos y sus aliados, y China Popular (Cornejo, 2008) con los BRICS (Brasil, Rusia, India, China y Sudáfrica) como el núcleo de su alianza mundial. La duda es si este bloque podrá configurar una alianza capaz de rivalizar con los Estados Unidos en el mediano y largo plazo.
En el marco del análisis del periodo previo a la consolidación de la hegemonía norteamericana en el mundo, nos parece que encontrar semejanzas y diferencias relevantes es necesario para enmarcar y clasificar la manera de entender los posibles escenarios que se prefiguran en la competencia entre estos dos grandes bloques económicos y la geopolítica que los acompaña.
Como vimos en un apartado anterior, la emergencia de los Estados Unidos y Alemania (y posteriormente Japón), como potencias regionales estuvo caracterizada por los siguientes elementos:
- Desarrollo de los monopolios y el capital financiero.
- Una política proteccionista de las potencias emergentes, en tanto que Inglaterra pugnaba por el libre cambio.
- Hegemonía monetaria británica a través de la libra esterlina y el patrón oro.
- Segunda Revolución industrial: vehículos de combustión interna, electricidad, comunicaciones, entre otras industrias.
- Política colonial de las naciones imperialistas. Expansión territorial con base a una estrecha relación entre el capital financiero y los Estados-nación.
- Política armamentista en base a nuevas armas y nuevos desarrollos tecnológicos.
- Política de alianzas militares en el marco de la competencia económica.
- Carencia de institucionalidad para dirimir conflictos regionales e internacionales.
- Creciente tasa de endeudamiento de la economía británica.
A partir de esta realidad, hacia 1940-1950 la hegemonía norteamericana se volvió indiscutible, con base en las consecuencias de la IIGM, y permitió consolidar algunos de los aspectos mencionados:
- Liderazgo de las empresas norteamericanas en el mundo, e inicio de su expansión como empresas trasnacionales.
- Un nuevo arreglo comercial con base en el enorme peso de la economía norteamericana en el comercio internacional, lo que permitió iniciar un proceso de rondas de liberalización comercial con base en el GATT.
- Establecimiento del dólar norteamericano como única moneda de reserva y convertible en oro. Establecimiento de un mecanismo institucional para atender desequilibrios en base al FMI y al BM.
- Liderazgo tecnológico norteamericano.
- Nueva política respecto a las antiguas colonias, las cuales se independizaron y adquirieron el estatus de naciones miembros de otro nuevo organismo, la ONU.
- La política armamentista tomó un giro respecto al conflicto inter-capitalista y se centró en la Unión Soviética y su alianza de países.
- Formación de la OTAN.
- Nueva institucionalidad que reemplazó a la anterior, con los organismos ya mencionados.
- Hacia 1970, el sistema de pagos se había vuelto insostenible debido a la creciente deuda norteamericana que no ha dejado de crecer y que llevó a que en 1971 se rompiera la convertibilidad del dólar en oro.
Estos elementos se contrastan con los aspectos que prevalecen en la actual disputa hegemónica entre Estados Unidos y sus aliados, y China y los suyos. En el presente se pueden identificar como semejanzas las siguientes:
- Competencia entre empresas globales.
- Crecientes disputas comerciales.
- Disputas tecnológicas.
- Nuevos arreglos institucionales respecto a las naciones en desarrollo.
- Competencia armamentista.
- Conformación de nuevas alianzas militares de acuerdo con los intereses de las potencias regionales emergentes y los Estados Unidos y sus aliados.
- Construcción de institucionalidades distintas a las que prevalecieron bajo la hegemonía norteamericana y los Acuerdos de Bretton Woods.
- Rivalidad con base en nuevos sistemas de pagos internacionales.
Es decir, en general entre ambos grupos de países que se disputan los liderazgos regionales en el mundo, podemos decir que las semejanzas respecto a las al periodo de sustitución de Gran Bretaña como imperio dominante, frente a potencias como Estados Unidos y Alemania, es muy semejante al periodo actual, caracterizado por la emergencia de potencias como China. Los dos momentos guardan enormes similitudes.
Ahora bien, ¿cuáles son las diferencias que se observan? No se vislumbra aún una sustitución de los Estados Unidos como potencia hegemónica por otra, sino la emergencia de otras potencias regionales que buscan espacios geopolíticos y económicos de igualdad en la competencia. Es decir, la competencia por la integración de las nuevas naciones regionales agrupadas en los BRICS+ busca construir una nueva institucionalidad que les ofrezca una plataforma de acceso a espacios de negociación. Si bien existe un conflicto militar que se dirime entre ambos bloques de países, el resultado no parece ser la victoria militar de uno y la derrota de otro, sino la apertura a nuevos espacios de negociación que permitan construir una nueva gobernanza que garantice la existencia de ambas alianzas geopolíticas, cosa que en la actual no es posible debido a que está construida sobre la base del liderazgo y la hegemonía norteamericana. Finalmente, una enorme diferencia entre ambos periodos es el riesgo de que una conflagración mundial pudiera conducir a la guerra nuclear, aspecto que en el anterior periodo histórico no se vislumbraba, dado que las guerras eran guerras convencionales.
Conclusiones
Existen enormes similitudes entre ambos periodos históricos. La sustitución de Gran Bretaña como gran potencia por los Estados Unidos fue un fenómeno traumático que implicó el desarrollo de dos guerras mundiales y la muerte de millones de personas en el globo terráqueo; lo anterior debido, al parecer, a la configuración de la gobernanza basada en la hegemonía británica que suponía el control de los territorios en disputa, apoyada en la idea del control de los Estados-nación de los países imperialistas. De allí que las similitudes de la actual competencia geopolítica global por la supremacía económica y geopolítica implica enormes riesgos para la paz mundial. Sin embargo, y de acuerdo con la información disponible, la actual rivalidad entre ambos conjuntos de potencias, las hegemónicas y las emergentes, mantienen una lucha geopolítica que se da no solo en el terreno militar, sino principalmente en el terreno de la construcción de una nueva gobernanza, es decir, de nuevas reglas globales que permitan consolidar sus esferas de influencia.
A diferencia de la sustitución de la hegemonía norteamericana por la británica, en el actual proceso de pérdida de hegemonía de los Estados Unidos se observa la “construcción de una nueva gobernanza” basada en instituciones internacionales rivales de las que surgieron y aún se mantienen desde Bretton Woods. El proceso geopolítico no parece conducir a la consolidación de una nueva hegemonía mundial liderada por una sola nación, sino a un nuevo marco multipolar. En la construcción de tal multipolaridad institucional se corren riesgos en un contexto que amenaza no sólo la paz mundial, sino la sobrevivencia del planeta mismo.