Introducción
El primero de octubre de 2022, la República Popular de China celebró su cumpleaños 73 como una de las economías más sólidas del mundo pese a que en este país tuvo lugar el inicio de la pandemia mundial de COVID, hace tres años. Más allá de las consecuencias globales de la pandemia, quedó en evidencia la capacidad indudable del gigante asiático de solventar en lo interno esta compleja situación que aún mantiene en vilo a otras economías del mundo, por ejemplo, los países latinoamericanos. Esto llama la atención pues, si nos remitimos a periodos como 1949, cuando se fundó la República Popular China, el escenario económico era evidentemente más favorable para América Latina.
Sin embargo, setenta y tres años después, la realidad económica y política de China no podría ser más diferente, en comparación con la de los países de nuestra región. China parece haber roto el círculo de la periferia en donde se había situado hace varias décadas y su centralidad constituye una realidad cada vez más palpable.
En este contexto, el presente artículo propone hacer un abordaje histórico con el fin de identificar los mecanismos que han permitido a China saltar de su carácter periférico a una realidad cada vez más central en la economía y en la política mundial y, en contrapartida, analizar las condiciones bajo las cuales América Latina se fue rezagando en este proceso. Esa revisión pretende aportar elementos de análisis respecto a la relación de China y América Latina, con el fin de ampliar la comprensión respecto a la configuración de nuevas dependencias en la región, en el marco de una coyuntura social y política que ha resultado favorable para el gigante asiático.
Aproximación teórico conceptual y abordaje histórico
Esta revisión se realiza a la luz de la propuesta teórica de Immanuel Wallerstein quien analiza la interrelación de estas realidades socio económicas como parte de la dinámica bajo la cual opera el sistema mundo. Para ello, es importante partir de la relación y las diferencias de lo que Wallerstein (2005) entiende por economía-mundo, imperio-mundo y sistema-mundo:
Estos términos están relacionados. Un sistema-mundo no es el sistema del mundo sino un sistema que es un mundo y que puede ser, y con mucha frecuencia, ha estado ubicado en un área menor a la totalidad del planeta. El análisis del sistema-mundo arguye que las unidades de realidad social dentro de las que operamos, y cuyas reglas nos constriñen, son, en su mayoría, tales sistemas mundo (distintos que los ahora extintos y pequeños minisistemas que alguna vez existieron sobre la tierra). El análisis del sistema-mundo arguye que siempre han existido solo dos variedades de sistema mundo: economías-mundo e imperios-mundo. Un imperio-mundo como fuera el Imperio Romano o la China de Han es una enorme estructura burocrática con un centro político y un Eje de división de trabajo, pero culturas múltiples (p. 126).
Ahora bien, es importante señalar que “el sistema-mundo moderno es una economía-mundo capitalista” (Wallerstein, 2005, p. 26), cuya formación inicia en el siglo XVI. Es en este periodo cuando el mundo, que hasta entonces se había desarrollado de forma disímil y con la conjunción de múltiples realidades complejas, experimentó una transformación sin precedentes cuando América pasó a integrar, tras un proceso arduo y cruento de conquista, los dominios de dos pequeños reinos europeos (España y Portugal), transformando para siempre la economía mundial.
Este acontecimiento constituye un punto de inflexión en la historia, pues los continentes otrora aislados como en el caso de América, Oceanía y algunas partes de África se integran en el desarrollo de un proyecto económico y político que puso a Europa a la cabeza. En el caso de China, si bien su inserción en dicho proyecto apareció por siglos como una empresa infranqueable, el desarrollo técnico e industrial que experimentó Europa en el siglo XIX puso al continente asiático bajo su tutela. Es por ello que el presente artículo, para reforzar el análisis, tiene un enfoque descriptivo y cualitativo de los principales momentos históricos y las interacciones que se presentaron en este proceso, puntualmente, con América Latina.
La expansión económica de las naciones centrales configuró el mundo moderno, en el marco de un intercambio de doble vía que dio forma a los conceptos de centro y periferia, los cuales han servido ampliamente a las Ciencias Sociales para caracterizar las condiciones de inequidad presentes en el intercambio comercial entre los países que participan de la economía mundial y que son indispensables para su funcionamiento. Como lo explica Wallerstein (2005):
Este es un par relacional que comenzó a usarse ampliamente cuando fue asumido por Raúl Prebisch y la Comisión Económica Para América Latina de las Naciones Unidas (CEPAL) en los 50 como una descripción del Eje de división del trabajo de la economía-mundo. Se refiere a los productos, pero ha sido usado con frecuencia para referirse a los países en los cuales tales productos son dominantes…El elemento clave que distingue a los procesos centrales de los periféricos es el grado en el que son monopolizados y por tanto gananciosos (p. 124).
Ahora bien, bajo el entendido de que, en la actual coyuntura, China se perfila cada vez más como una economía central, mientras que los países de la región latinoamericana se encuentran fuera de este orbe, ya sea como periféricos o semi periféricos; es importante revisar el desarrollo histórico y económico de América Latina y China.
Un eje fundamental para comprender dichas diferencias es el análisis de la unidad cultural que ambos bloques civilizatorios representan. Por un lado, China se presenta como una unidad política y cultural con un pasado milenario y con un desarrollo histórico más o menos lineal, hasta mediados del siglo XIX, imponiéndose constantemente a las culturas vecinas o bien asimilando, como fue el caso de los mongoles, a sus invasores.
América, por el contrario, es el resultado de un proceso de conquista y de la supra posición de un modelo económico enfocado a la extracción de recursos cuyas bases políticas y administrativas fueron replicadas siguiendo el modelo europeo y nutridas por la servidumbre indígena y la mano de obra esclava, manteniéndose el poder central en Europa. Este proceso devino a la postre en el desarrollo atomizado de la unidad cultural latinoamericana4.
Por otro lado, el desarrollo de la estructura de poder en China se caracterizó fundamentalmente por su burocratismo para gestionar el imperio y la constante necesidad de preservar el territorio bajo la unidad imperial. Esto es una de las características del desarrollo histórico chino, como lo señala Wallerstein (2011):
La diferencia esencial entre China y Europa refleja de nuevo la coyuntura de una tendencia secular con un ciclo económico más inmediato. La tendencia secular a largo plazo se remonta a los antiguos imperios de Roma y China, a las formas y el grado en que se desintegraron. Mientras que el marco romano quedó como una tenue memoria cuya realidad medieval venía mediada en gran medida por una Iglesia común, los chinos se las arreglaron para mantener una estructura política imperial, si bien debilitada. Esta era la diferencia entre un sistema feudal y un imperio-mundo basado en una burocracia prebendal (…) De modo que China, en todo caso aparentemente mejor situada prima facie para avanzar hacia el capitalismo, al tener una burocracia estatal extensiva, estar más adelantada en términos de la monetización de la economía y, posiblemente también, de la tecnología, estaba no obstante peor situada en último término. Tenía el lastre de una estructura política imperial. Tenía el lastre de la “racionalidad de su sistema” de valores, que negaba al Estado el punto de apoyo para el cambio (en el caso de que lo hubiera deseado usar) que los monarcas europeos encontraron en la mística de las lealtades feudales europeas (pp. 88-89).
En este sentido, apoyada en el descubrimiento de América, Europa entró en un proceso arduo de competencia y explotación de los recursos del continente y, cuando este obtiene su independencia, se transfiere este proceso de expoliación a África para después dirigirse a los grandes núcleos de poder en Asia, el Imperio Mogol en India y la China de los Qing. Por el contrario, el Imperio Chino entró en una fase de profundo aislamiento que, como veremos, cobró factura con la llegada del Imperio Británico y la necesidad de incorporar a China en el mercado mundial, poniendo fin a su aislacionismo.
En este escenario, uno de los desafíos que presenta la revisión comparativa de realidades tan disímiles pero interconectadas por el comercio como las de China y América Latina tiene como punto articulador la creación del mercado mundial y el desarrollo del proyecto capitalista, procesos fundamentales para la consolidación de Europa y sus naciones industrializadas, constituidas como potencias centrales y defensoras del proyecto hegemónico mundial. Este representa un punto de inflexión en la configuración del moderno sistema mundial y su carácter capitalista, pues en otros casos (China, por ejemplo), su evolución fue distinta5.
Por tanto, el comercio y el desarrollo del capitalismo nos permiten establecer un enlace histórico y cultural capaz de articular dos realidades tan diferentes como las de China y América Latina. Este abordaje permitirá aportar al análisis del proceso de consolidación del rol hegemónico de la nación China en el marco de su nueva relación con América Latina.
Particularidades del proceso de conformación histórica del mundo chino: del nacimiento de un Imperio a su caída
Hace apenas un siglo, en 1922, China se encontraba invadida y maniatada, en casi todos los frentes (económico, político, cultural y militar). Sus intelectuales y la burocracia se debatían entre qué modelo debía imperar en la refundación de un Estado debilitado, incapaz de mirar de manera seria a la modernidad, pues la tradición tenía un peso determinante 6
Hoy, a 100 años de estas disquisiciones, la realidad china no puede ser más diferente, dado que es, quizá, una de las naciones del mundo que más ha cambiado, en todos los sentidos, en un siglo. China actualmente constituye el horizonte hacia donde apunta el futuro de la economía mundial. Esta nueva gran potencia se ha posicionado con pasos agigantados y estratégicos como el frente de oposición más viable al predomino global que ejercen los Estados Unidos desde la segunda mitad del siglo XX.
El restablecimiento paulatino de la unidad de China, luego de la caída del imperio, permitió la consolidación de este gigante asiático no solo en el terreno económico sino también geopolítico. En este sentido, la posible reincorporación de Taiwán a la China continental contribuiría a cerrar el ciclo de este proceso y consolidar un nuevo modelo de desarrollo en China para hacer frente al agotamiento del modelo económico imperante desde finales de la década de los setenta del siglo XX, estableciéndose así un paralelismo histórico con lo que significó el fin del sistema feudal, en el siglo XVI, para las potencias centrales y el advenimiento del capitalismo que reposicionó a los países del norte global (Inglaterra y Alemania en el siglo XIX).
Así, la gran fórmula del salto chino hacia adelante no tiene parangón con el resto de países periféricos con los que se le ha vinculado, por ejemplo, los denominados BRICS7. En el contexto global el análisis del desarrollo económico, político, militar y cultural de China en el siglo XXI nos conduce al entendimiento del proceso de configuración histórica que acompaña a China y que hoy ha saltado evidentemente de su carácter regional-cerrado a lo global, particularmente si tenemos en cuenta que China es una nación como pocas con una unidad histórica y cultural de carácter milenario, con bases en un pensamiento e ideología de vida prácticamente inmutable: el confucianismo.
A partir de esta filosofía se establece un sistema de valores que privilegia la armonía y la idea de un orden perfecto constituido firmemente por un sistema de jerarquías que va de lo familiar a los espacios colectivos, la administración y el gobierno. Esta filosofía y otras que a la postre se convirtieron en ideas de carácter religioso acompañaron a la formación de China como el gran eje cultural de la región centro asiática, constituyendo una identidad nacional propia desde hace varios siglos8, particularmente el siglo VI a.C., periodo en el que vivió y desarrolló su filosofía Confucio9.
Por otro lado, la situación geográfica de China posibilitó desde el principio el desarrollo de una sociedad agrícola por excelencia que se expandió en prácticamente todos los climas, estableciendo sus fronteras basadas fundamentalmente en criterios culturales y étnicos, consiguiendo ampliarse paulatinamente hasta alcanzar la forma que tiene en la actualidad y que es privilegiada por sus barreras naturales10. Esto ha posibilitado el desarrollo de un pensamiento regional amplio si tenemos en cuenta que China se encuentra entre los cinco territorios más grandes del mundo11.
Entonces, junto con el desarrollo de una escritura propia, técnicas agrícolas y un pensamiento e ideología política particulares, la unificación de los primeros territorios de China, amplísimos en su momento, fue un proceso inevitable. Así, China pronto se convirtió en uno de los principales motores culturales de Asia, desarrollando con ello una forma y una estructura política propia e independiente. China se constituyó, desde muy temprano en un Imperio, cuya principal marca estuvo determinada por el expansionismo12, la unificación y sobre todo el comercio como criterio de integración.
China se unifica como Imperio con Quin Shi Huangdi (246 a.C.) y, en solo 14 años, el nuevo régimen logra sembrar el germen para el desarrollo de 2.000 años de imperio. Lentamente sus redes comerciales se extendieron hasta las fronteras del llamado Occidente a través de la ruta de la seda, estabilidad que fue trastocada con el periodo de dominio mongol que, lejos de transformar a la cultura china resultó asimilado por esta, desarrollando también uno de los principios más característicos del pensamiento político y administración chinos, la construcción de una burocracia determinada y validada por el mérito.
Por tanto, como se puede observar, por milenios China no tuvo interés en mirar a Occidente y fue hasta la llegada de los misioneros jesuitas que el continente europeo conoció del potencial y la dimensión del incuestionable imperio chino13. Los primeros europeos en tener intercambio y comercio real con los chinos fueron los portugueses, españoles y holandeses.
Entre los siglos XV y XVI, las órdenes religiosas intentaron establecer misiones para irradiar la fe católica en el imperio chino. Este proyecto fracasó dada la fuerte base ética del confucianismo, daoismo, budismo, neo-confucianismo, hinduismo y otras doctrinas propias de Asia. En paralelo, en América, las misiones reemplazaron el modo de vida de los nativos conquistados.
En este contexto, la estructura social y política del Imperio Chino se mantuvo estable, destacando en este periodo el ascenso al poder de los manchús, quienes constituían el 2% de la población y gobernaron de 1662 a 1911. La dinastía Qing de los manchús fue la encargada de establecer contacto con Occidente. En este mismo periodo, Europa desarrolló una fascinación por la cultura y el arte chinos.
Hay que señalar también que en este momento la posición política y económica de China comienza a menguar ante Occidente y la necesidad imperante del comercio global y el proteccionismo chino entran en conflicto. Sobre mediados del siglo XIX y ante la negativa de establecer una dinámica de comercio ampliada, particularmente con Inglaterra, los británicos utilizaron el comercio de opio para someter a la población china14.
Este proceso se corresponde con la decadencia política de las instituciones chinas, dando paso a una etapa de intervención y colonialismo que llevó al fin de más de 2.000 años de imperio. Es importante destacar que, en este periodo la compañía de las Indias Orientales (British East India Company) tuvo un papel fundamental a través del monopolio del opio, lo cual representó para el imperio chino un problema no sólo moral sino económico, dado que esta transacción se hacía con plata. Así, el opio constituye la antesala del fin del imperio, que estuvo marcada por una serie de derrotas humillantes que van desde la sesión a los británicos de Hong Kong a perpetuidad en 1841, hasta la captura del puerto de Shanghái, con lo cual se puso fin al autoimpuesto aislamiento de China.
En la segunda mitad del siglo XIX otras potencias como EE.UU., Rusia, Francia, Holanda y Japón consiguieron entrar en el hermético imperio. De este modo, la repartición colonial que se inició con África se extendió hasta el lejano oriente, consolidándose así, en 1870, la penetración extranjera en todo el territorio chino e iniciándose un periodo de lento desmembramiento imperial que llevó a los japoneses, en la misma década, a una importante expansión sobre los dominios chinos, primero con la toma de Taiwán en 1874, de Okinawa en 1879 y con la consolidación de su influencia en la península de Corea (1894).
En 1898 la necesidad de reformar la vetusta e inoperante administración imperial llevó a una tardía y poco efectiva reorganización del Estado encabezada por la emperatriz Cixi. Es un periodo oscuro de la historia china en el que las potencias imperiales que se consolidaron en Asia tomaron lo que quisieron del debilitado imperio que se encontraba perdido en un mundo moderno que no conseguía entender.
En este escenario tuvo lugar la denominada Rebelión de los Boxers (1899-1901), dirigida por un movimiento conservador y nacionalista aliado de la dinastía Qing. El fracaso y aniquilación del movimiento decantó en la toma de Beijing por parte de la coalición extranjera, perdiéndose así el control real del Estado. Esto puso fin a la dinastía Qing e inició una decadencia que culminó décadas más adelante en un periodo prolongado de guerra que transitó entre el cruento conflicto interno y las luchas regionalistas (caudillos militares).
El fin de la dinastía Qing, en el cual se representa históricamente a China como un gigante enfermo15, se acompaña de una diáspora de su población por el mundo. Esta población era enganchada y enajenada con el opio y la pobreza, y era trasladada como mano de obra semi esclava hacia diversos proyectos, desde los ferrocarriles en Estados Unidos hasta las plantaciones del henequén en México o las de algodón en Guyana.
Esta diáspora, por otro lado, permitió al resto del mundo tener contacto con la riqueza cultural de China desde su gastronomía hasta su literatura y costumbres. Sin embargo, las primeras décadas del siglo XX se cernían sobre China como un difuso pero auspicioso renacer, ya sea de la mano de proyectos de reivindicación nacionalista republicana o bien de corrientes marxistas con pretensiones revolucionarias.
En términos políticos, China se preparó para recibir el siglo XX con la construcción de un Estado con base políticamente moderna. En este contexto, se buscó la transformación y profesionalización burocrática por la vía Occidental, así como la reformulación de la política económica con la creación del Ministerio de Comercio y la elaboración de un código comercial para poder negociar con Reino Unido y Alemania, sobre todo en el desarrollo de la infraestructura ferroviaria. Adicionalmente, se planteó la necesidad de elaborar una Constitución y un parlamento propios siguiendo las normas y restricciones comunes a los regímenes con estas características de Occidente (el sufragio censitario para hombres mayores de 25 años acreedores a propiedades y cualificados).
Este escenario de modernización política y burocrática también tuvo lugar en otras partes del mundo, como América Latina, en búsqueda de un proyecto de Estado-nación moderno que replicara los ideales políticos y económicos preponderantes en las naciones centrales (Europa y Estados Unidos). El liberalismo en lo político y el capitalismo en lo económico fueron los mecanismos por los cuales las sociedades del continente americano buscaron incorporarse en el juego de la política global. Así, China y América Latina experimentaron similares procesos de periferización de sus economías.
Una característica que distingue a la expansión de la economía mundo europea en relación con las áreas periféricas es en esencia la división del trabajo. Teniendo en cuenta el carácter primario de las exportaciones chinas en ese periodo (productos agrícolas como té y especias, y minerales), la mano de obra que se utilizaba estaba sujeta a dinámicas productivas precapitalistas, reproduciendo así su carácter periférico en la economía mundial, de la misma manera que sucedía en el continente americano16.
Si bien desde siglos anteriores se habían extendido las migraciones particularmente del continente asiático hacia América, fue en los albores del siglo XX que la migración masiva de trabajadores chinos, enganchados en el continente y sus islas, se convirtió en un fenómeno que acercó a nuestra región un pedazo importante de la cultura china. Por ejemplo, miles de inmigrantes de ese país construyeron la vía férrea del oeste de los Estados Unidos.
En 1909, la controvertida emperatriz Cixi muere luego de envenenar al descendiente directo a la línea en el trono, Guangxu. Así, tan solo tres años después y más allá de los intentos de la emperatriz por mantener el imperio, la dinastía Qing llega a su fin, generando el marco para una desestructuración política total.
La lucha por la modernidad al modo Occidental debilitó aún más a un estado sin pies ni cabeza. Toda esta década mantuvo al país en una convulsión política y económica, en medio de la cual se popularizó una corriente nacionalista. Este fue el caldo de cultivo perfecto para la emergencia de grandes caudillos locales, conocidos señores de la guerra, como Yuan Shikai quien se convirtió en el primer presidente de la República de China o Chiang Kai-shek, la figura más importante del Kuomintang, partido de orientación nacionalista que tuvo el apoyo de la élite cultural y burguesa. Chiang Kai-shek logró poner fin al periodo de los caudillos con su Marcha al Norte y la consolidación del Gobierno en 1927.
En 1921 se funda el Partido Comunista de China, organizado por Li Dazhao y Chen Duxiu17, en donde también destaca la figura de un joven Mao Zedong. El Partido Comunista asumió que la transformación nacional tenía que partir fundamentalmente del núcleo campesino como motor y artífice del proceso revolucionario.
Debido a la invasión japonesa y a la explosión de la Segunda Guerra Mundial, en 1937 se acordó una breve tregua con las fuerzas nacionalistas para afrontar la terrible ocupación japonesa. El nuevo imperialismo nipón encontró su fin en territorio chino y el sureste asiático gracias a la participación dinámica de los Estados Unidos y de sus aliados en contra de los países del eje, con lo cual China consiguió en términos políticos y militares dar un salto cualitativo para formar parte de las naciones vencedoras y tener un rol fundamental en la política regional del llamado lejano oriente. En medio de la intensificación de las acciones bélicas, el Partido Comunista Chino consiguió replegar a las fuerzas nacionalistas y avanzar a la creación de la República Popular China, el 1 de octubre de 1949.
Del triunfo de la Revolución China a la configuración de un nuevo orden mundial
Una vez concluido el conflicto militar y establecidas las reglas del juego global, el ansiado sueño de los socialistas se concretó con la expulsión de las fuerzas nacionalistas, que se atrincheraron en la isla de Taiwán, dando origen un conflicto por este territorio que permanece hasta la actualidad18.
Este proceso político, conocido como un gobierno de alianza nacionalista de clases enmarcado en una dictadura democrático popular, se acompañó de una transformación profunda de las estructuras productivas y la completa pacificación del país. Con ello, en 1950 comienza una estrecha relación de alrededor de once años con la Unión Soviética para llevar el proyecto socialista al territorio chino. En este año también se inicia la ocupación del territorio independiente del Tíbet (o como se reconoce en China a este proceso: la liberación del Tíbet o la reincorporación del Tíbet a la China).
En 1954, las fuerzas de Mao y su camarilla ya dominaban completamente al partido. El Estado pronto se convirtió en sinónimo del partido y viceversa. Además, se dio paso a una nueva Constitución que estableció en su artículo primero el carácter de democracia popular obrera del Estado chino. Curiosamente en su artículo V se reconoció la propiedad privada capitalista con muchas limitantes, pero aún presente en la Constitución.
En América Latina, en paralelo, en los años de la posguerra y primeros de la Guerra Fría, se experimentaba un estado relativo de bienestar económico derivado de la no participación en el conflicto y de un desarrollo industrial dirigido al esfuerzo bélico de los aliados. En este periodo, podemos encontrar una fuerte presencia de una retórica nacionalista encabezada ya sea por los militares o por gobiernos cuyo origen se afincaba en procesos de lucha democrática y popular. Por tanto, la relación entre China y América Latina cobró mayor relevancia con la implementación del modelo socialista en las dos décadas posteriores19.
En 1955, el gobierno chino inició un proceso de reordenamiento político que buscaba evitar la migración masiva del campo a las ciudades. Sin embargo, esta situación perpetuó la centralización de recursos en los núcleos urbanos, ampliando la brecha entre el campo y la ciudad.20 En 1957, Mao visitó Moscú y dio inicio a un periodo de revisión sobre el rumbo que estaba tomando el partido y el país en donde se planteó la necesidad de una autocrítica profunda. Se identificó la necesidad de transformar las estructuras productivas cuasi medievales en un aparato moderno y eficiente capaz de rivalizar con las potencias mundiales.
Entre 1953 y 1954 la ideología del partido se convirtió en dominante en el país y se estableció una dinámica de control de la cultura y sus expresiones. En 1957, se hizo un llamado público en donde se alentaba a criticar las políticas y el rumbo que estaba tomando el proceso revolucionario en las distintas esferas del Estado. Esta medida fue muy efectiva para identificar a buena parte de los detractores en todos los ámbitos, fundamentalmente en los espacios de la cultura, la burocracia y las universidades.
En materia económica son incuestionables las cifras de desarrollo casi sin precedentes que alcanzó China para 1957. Sin embargo, este desarrollo representó una fuerte carga para el sector campesino, el cual solventó con su trabajo los impulsos desarrollistas del gobierno, que para ese entonces controlaba todo y entraba en una fase paulatina de radicalización21.
En 1958, en un discurso pronunciado en Nanning, Mao señaló la necesidad de profundizar el proyecto, mediante el Gran Salto Adelante, el cual se apoyó en 4 vertientes: 1) Conservación y aprovechamiento de las aguas, 2) fabricación de herramientas de trabajo (innovación de las técnicas campesinas de producción que incluían herramientas muchas veces inútiles y prácticas de uso de suelo), 3) creación de pequeñas industrias en el campo y, 4) la agrupación de familias en comunas populares para la actividad agrícola.
La producción en todas sus aristas fue contemplada como un campo de batalla y la comuna popular representó la primera línea al frente, agrupada en tres niveles: 1) Comuna, 2) Brigada de producción y 3) Equipos de producción. El objetivo principal de esta política fue romper la frontera existente entre el obrero y el campesino. Sin embargo, este intento por amalgamar la técnica y la producción resultó en una catástrofe y hambruna generalizada.
La década de los sesenta estuvo marcada por una nueva corrección del rumbo político y la necesidad de ampliar las sociedades comerciales con Occidente, dado el cambio de gobierno en la Unión Soviética que puso al frente del partido y del Estado a Nikita Krushev, tras el fallecimiento de Stalin. Esto puso fin a la dependencia soviética.
Esta década estuvo marcada también por la aparición del Libro Rojo, con lo que quedaba claro el peso ideológico de Mao como timón moral de la revolución. Bajo la dirección de Mao y Lin Biao, se formaron grupos de jóvenes que se oponían a la nueva élite burocrática. Estos constantes procesos de revisión buscaban tomar distancia de lo que acontecía en la Unión Soviética, en donde la élite burocrática se convirtió en la nueva élite nacional.
El 10 de noviembre de 1965 inicia la Revolución Cultural y, con ello, el ataque a la denominada Camarilla Negra22 y a la intelectualidad afín al nuevo gobierno reformista de Shaoqi y Xiaoping. El punto de arranque de la revolución cultural fueron las universidades, particularmente los historiadores que cuestionaron la noción de progreso lineal; sin embargo, la versión oficial reconoce como punto de arranque de la Revolución Cultural el mes de mayo de 1966 a octubre de 1976.
La lucha por asumir la dirección de la revolución tuvo lugar en un plano fundamentalmente ideológico y su objetivo era el poder real23. En 1969 el congreso institucionaliza la revolución cultural y toda la camarilla que la había alentado llega al poder. Dos años después, muere Lin Biao marcando con su desaparición una década de transformaciones que alcanzó su punto más relevante con la muerte de Mao en 1976 y la apertura paulatina de las fronteras, principalmente comerciales (ya en 1972 el presidente de EE.UU. Richard Nixon y su esposa realizaron una visita oficial a China).
En este periodo, los países de América Latina empiezan a reconocer a China y a establecer relaciones comerciales, aunque todavía de carácter marginal 24. Con ello, China se incorpora paulatinamente a la comunidad internacional y la República Popular China es reconocida de manera formal por gran parte de las naciones del mundo, incluido Estados Unidos, el cual acepta que a este país se le asigne un lugar en el Consejo Permanente de las Naciones Unidas.
La muerte de Mao y el ascenso de los llamados moderados puso fin al grupo radical conocido como la banda de los cuatro (Jiang Qing viuda de Mao, Wang Hongwen, Zhang Chunqiao y Yao Weniuan). Sin embargo, la corriente maoísta consiguió influir profundamente en la articulación de movimientos anticapitalistas en América Latina, particularmente en los grupos afines a la Unión Soviética25.
Esta corriente cobró fuerza a partir de la ruptura chino soviética en la década de los setenta y los dirigentes de los movimientos maoístas se convirtieron en los representantes del proyecto revolucionario de China en nuestro continente26. Su influencia en el pensamiento político internacional se extendió por el mundo desde 1949 hasta 1976, con la fundación de movimientos estudiantiles, obreros, sindicales y guerrilleros diseminados por todo centro y Sudamérica.
Ahora bien, con el cambio del bloque político en China, que no era nuevo sino de orientación moderada, se dio paso al pragmatismo y a una apertura encaminada a la consolidación económica y al desarrollo de su aparato productivo. Poco antes de la muerte de Mao, Zhou Enlai asume temporalmente la dirección del país, pero también fallece, dando paso al gobierno de Den Xiaoping.
En este periodo, el partido buscó mantener la estabilidad política a toda costa. Den Xiaoping encabezó un proceso de transformación y reconciliación encaminado a retomar el rumbo de la economía a través de la industrialización y la apertura de pequeños mercados en el mundo rural para estimular el desarrollo y la inversión internacional. También se crearon la Zonas Económicas Especiales27 y se inició la política del hijo único con la finalidad de detener la explosión demográfica que, para 1979, llevó al país a una población de mil millones de habitantes. Esta serie de reformas transformaron la cara de China frente al exterior mientras que al interior permitieron un desarrollo técnico que no se detuvo28.
En 1980 se puso fin a la colectivización, colocando en el jefe de familia la responsabilidad laboral y no en el conjunto de la unidad familiar. Sin embargo, el campo aún se encontraba muy rezagado para afrontar las trasformaciones desplegadas. Paulatinamente, las empresas extranjeras fueron transformando la cara productiva del país 29.
El proyecto de transformación, a cargo de Deng, también impactó al vetusto ejército chino, el cual entró en un proceso de modernización, a la par de otras iniciativas científicas como el desarrollo de una industria espacial propia. Este escenario contribuyó a la materialización del deseo de reunificar el territorio chino con el regreso de Hong Kong en 1997 al estado chino (sin alterar su sistema social y económico) así como la reincorporación de Macao30.
Con el desmantelamiento de la Unión Soviética en 1991, el futuro de China parecía encaminado a una recomposición del sistema. Por tanto, podemos decir que la China de los noventa estaba preparada en lo económico y en lo político para mantener su proyecto más allá del panorama internacional31.
El desarrollo económico de la década de los noventa permitió la formación de una pequeña, mediana y gran burguesía que se acompañó de un sector medio, principalmente nutrido por burócratas y profesionistas. Este fenómeno tuvo de hecho mayor ímpetu en el resto de Asia y guarda relación con la expansión de la industria tecnológica y el despunte de un sector moderno y altamente especializado que tenía como principal referente a Japón. Este país acaparó los mercados tecnológicos y creó una banca altamente valorizada, compitiendo con la economía de los Estados Unidos y la Unión Soviética (hay que tener en cuenta que el proceso de consolidación de estas economías tiene lugar en un periodo en el que la economía china no se encontraba en condiciones aún de despegar, como lo haría unos años más adelante). Este periodo se conoció en Japón como la economía de burbuja (バブル景気, baburu keiki).
En esos años cobraron ímpetu otras economías de la región que a la postre se convirtieron en los denominados Tigres Asiáticos (Corea del Sur, Singapur, Hong Kong y Taiwán). Su despunte económico estuvo relacionado con una industrialización con base en la tecnología, el desarrollo de mercados regionales y el fortalecimiento de las bancas locales.
Así, entre los ochenta y los noventa la economía china sentó las bases para el crecimiento sin precedentes que tuvo lugar en la primera década del siglo XXI, manteniendo la flexibilidad en lo económico y la rigidez en lo político. Solo así podemos entender la permanencia del sistema político por encima de la apertura democrática que tenía lugar en otras latitudes como América Latina (Perú, Bolivia, Argentina, Brasil, Paraguay, Chile) con el fin de las dictaduras y la aplicación, casi de manera generalizada, del modelo económico neoliberal, que sumió aún más a la región en un escenario de dependencia y primarización.
Para China, capitalizar el desarrollo material se convirtió en el principal motor del país, para lo cual era indispensable la preservación de su modelo político. Consecuentemente, las protestas estudiantiles de Tiananmen (1986) devinieron en una masacre, represión y exilio, mecanismos usados sistemáticamente para evitar la caída del sistema político.
En este escenario, la década de los 90 presentó un espacio de continuidades en donde la figura de Deng como timón de este proceso de cambio fue relevada por Jiang Zemin. Este fue el punto de partida para la aparición de una nueva clase dirigencial en China que se formó al amparo del proceso de reconversión económica de fines de los setenta y ochenta, y que buscó garantizar la acumulación por sobre la retórica revolucionaria. Esta nueva generación se enfocó en mantener el statu quo, así como perfeccionar y ampliar el papel de China en el mundo.
Jiang Zemin inició su gobierno en 1993 bajo tres ejes: primero, el reforzamiento del partido y su imagen, manchada por los acontecimientos de Tiananmen; segundo, el desarrollo de un aparato tecnocrático eficiente y, tercero, el reforzamiento material de la nación, es decir, garantizar el desarrollo del modelo. En el plano internacional, la figura de China consolidó su presencia a nivel regional con la formación de la Organización de Cooperación de Shanghái, en la cual se agruparon algunas de las ex repúblicas socialistas32, esto con la finalidad de hacer frente y replicar a organismos de cooperación en temas de seguridad como la OTAN.
En 1997, Den Xiaoping fallece en una china moderna que, en poco más de 20 años, se encaminaba a disputar el poder político y económico a los Estados Unidos. El modelo chino que Deng ayudó a construir se encontraba en el rumbo que él y sus sucesores esperaban.
El nuevo milenio: consolidación del gigante asiático y expansionismo
Para la década de los noventa, China había alcanzado un crecimiento del 8% anual, pese a los altos niveles de corrupción que proliferaban en su burocracia. En 2001 China ingresa a la Organización Mundial de Comercio (OMC). Así, para el nuevo siglo, China no era solo otro país, sino que empezaba a cobrar forma la imagen del gigante asiático y paulatinamente presenciamos su conversión de potencia regional a potencia mundial.
Jiang Zemin finalmente dio paso a una nueva figura en el poder, Hu Jintao, quien como Secretario General del Partido ascendió a la presidencia en 2003. El ascenso de Hu Jintao, quien permaneció al frente del gobierno chino hasta 2013, representa la emergencia de la cuarta generación del Partido, caracterizada por una renovación generacional.
En términos del discurso de las democracias occidentales, Hu no era nada joven al llegar al poder pues contaba con 63 años. Su perfil político en cambio sí se correspondía con el modelo dirigencial que se había adoptado hasta entonces, de perfil discreto y con gestiones exitosas previas, particularmente al frente del gobierno chino en el Tíbet. El reto que enfrentaba su gestión era impulsar un desarrollo técnico científico que permitiera modernizar aún más la infraestructura china y los medios de comunicación, y satisfacer las crecientes demandas de una clase media y alta cada vez más dinámicas.
Es en este periodo, el modelo chino empieza a despuntar en el panorama político de otros países, sobre todo en materia económica, pues se presenta como un modelo a ser replicado, particularmente en los estados en vías de desarrollo de América Latina, África y el sudeste asiático. En este mismo periodo, se adelgazaron aún más las empresas estatales y, en 2006, se formaliza el denominado bloque de los BRIC (Brasil, Rusia, India, China), el cual incorpora a Sudáfrica, tiempo después.
La década del 2000 hasta la actualidad se ha caracterizado también por un riguroso control de los contenidos de internet para evitar críticas al modelo, al partido o a sus dirigentes. Por tanto, no es de extrañarse que las tensiones políticas más importantes que se experimentan en China tengan lugar en aquellos espacios en donde no existe el mismo nivel de control como el caso de Hong Kong o Macao.
Ahora bien, la última década se ha caracterizado por la emergencia de una figura carismática y particularmente poderosa al frente del gigante asiático. Xi Jinping ha logrado que China sea imprescindible en el marco mundial, llegando a disputar el control de aspectos específicos de la economía mundial con los EE.UU. e incluso a servir de contrapeso en aspectos políticos y militares (en 2017 instaló su primera base militar en Yibuti, país de África Oriental).
Xi Jinping podría considerarse como un punto de inflexión en la historia reciente de China dada su capacidad de conseguir en un tiempo récord una consolidación plena al frente del partido y en el plano de la política internacional. En marzo del 2013 Xi Jinping asume la presidencia a la relativamente corta edad de 59 años, siendo un claro ejemplo de un hombre de partido cuyo ascenso al poder representó un proceso paulatino, destacándose por su papel en la organización de los juegos olímpicos de 2008, caracterizados por el derroche de recursos. Con él ascienden los del bloque de la quinta generación al frente del Estado.
De 2013 a la fecha el panorama de la política interna y externa de China es de un claro rejuvenecimiento del partido, una militarización rampante y un aumento de hostilidades con sus vecinos, particularmente con los intentos de reincorporación de Taiwán y el control represivo de Hong Kong. En este periodo, además, se creó el Banco de Desarrollo y el Banco Asiático de Inversión en Infraestructura, orientados a desarrollar mecanismos de condicionamiento económico para los países que están dispuestos a recibir las inversiones y los préstamos chinos, al estilo de los organismos de crédito internacional de Occidente. Por ello, no es de extrañarnos el ascenso de la influencia china en los organismos de cooperación internacional y su carácter reservado en temas de geopolítica como el gobierno Talibán en Afganistán33. Sin embargo, la ambigüedad en situaciones complejas, como la pandemia del COVID originada en Wuhan en 2019, han puesto en cuestión el papel ético del modelo debido al ocultamiento de información y manejo discrecional de cifras. Por otro lado, la manipulación de la información relacionada con las cifras exactas de fallecimientos y contagios fue un fenómeno compartido prácticamente por todos los países del mundo, pero en América Latina, esta manipulación alcanzó también niveles considerables.
En los últimos 10 años de gestión, el yuan se ha consolidado como una moneda fuerte en el panorama internacional y China se ha convertido en el país con más ricos del mundo, profundizando la desigualdad interna. Uno de sus mayores éxitos ha sido su consolidación en el plano internacional con la creación de macroproyectos de inversión económica como la ruta de la seda y el IIRSA (Iniciativa para la Integración de la Infraestructura Regional Suramericana)34. Este escenario, le ha permitido posicionarse como una potencia emergente en lugares tan distantes para el territorio chino como el norte de África o América del Sur.
En América Latina, China mantiene alianzas con socios tan importantes como Brasil, Argentina, Venezuela, Bolivia, Perú o Ecuador, logrando el acceso a enormes fuentes de recursos naturales como la región amazónica, en donde se condensa la mayor biodiversidad del mundo y sus recursos hídricos, o los Andes cuya riqueza en minerales es deseada para el desarrollo de componentes tecnológicos, por ejemplo, el litio35.
La deuda, disfrazada de cooperación, se convirtió en el nuevo mecanismo de coacción y de control utilizado por el gobierno chino en los espacios económicos que este ha ido abriendo, gracias una lectura adecuada de la coyuntura latinoamericana que, desde finales de la década de los noventa abrió un escenario de transformaciones políticas (progresismo), para cuyo sostenimiento fue necesaria la diversificación de socios comerciales que permitieran reducir la dependencia económica y política de los Estados Unidos. Este escenario, aparejado al boom de las materias primas de la década del 2000 en la región latinoamericana, ha permitido que los intereses del gigante asiático trastoquen espacios tan delicados como las reservas ecológicas de la región.
Bajo esta dinámica, se ha construido, como lo hemos visto en el caso de Sudamérica, la infraestructura necesaria para consolidarse en esta región y desplazar en lo político, económico y, eventualmente, en lo militar a los Estados Unidos. Este nuevo modelo de expansión económica evidencia características particulares que distan mucho del viejo modelo hegemónico de los Estados Unidos y la exportación de su denominado American way of life. Por el contrario, China busca exportar su modelo de desarrollo y con ello establecer una intrincada relación que haga que en lo político y en lo económico esta cooperación sea muy difícil de disolver, poniendo su cultura y su forma de vida por fuera de su proyecto.
Por tanto, parecería que estamos frente a la nueva expansión de un reinventado imperio chino, replicando lo que ocurrió con el primer emperador Quin Shi Huandi y ante la emergencia actual de un líder que personifica un sistema económico y un proyecto de Estado que crecen cada vez más hacia el exterior.
Está por verse aún si este proceso se da dentro del periodo que encabeza el actual presidente chino Xi Jinping, quien tras la modificación de la Constitución en 2018 y su ratificación como presidente de PCCh en 2022 ha sido reelegido por el partido para un tercer mandato, rompiendo el canon de dos periodos. Por tanto, estamos frente a la muy probable consolidación de una nueva hegemonía con renovados aires de imperialismo al estilo chino.